martes, 18 de diciembre de 2007

quince incómodos silencios

Casi todos mis conocidos piensan que el Savoy es uno de esos lugares donde es mejor no perderse, un tugurio lóbrego y gris donde la esperanza de vida de sus habitantes es tan sólo de tres martinis y un bourbon sin hielo. Quizá por eso siguen siendo sólo conocidos. Estoy de acuerdo con el viejo columnista del Clarion, Chester Newman, en que al local de Ernie Loquasto le hace falta cambiar de estilista y, sobre todo, de barman. Hoy en día es dificil encontrar a esa mezcla de camarero y confidente, en cuyas manos parece que Dios haya aprendido a destilar whisky de las piedras.

El Savoy no fue siempre un sitio donde las bombillas no consiguen romper la maraña de humo y aire a medio respirar sino que, como otros locales hoy decadentes, tuvo un glorioso pasado. Eran los días del Charleston y alcohol de contrabando. Las parejas almibaraban la pista de baile con sus sucios contoneos y los ganster de guante blanco poblaban la barra con el gesto de quien cada noche buceaba entre las enaguas de las coristas. Cuentan las crónicas de un imberbe Chester Newman que el besugo subía nadando por las cañerías que daban al Hudson y que la policía hacía las redadas en uniforme de gala y formación de a cuatro. Eran buenos tiempos, muchacho, y nunca volverán. Al suele rememorar esa época con la misma mirada astigmática que cuando habla de Lorraine Webster y termina moviendo la cabeza para desterrar ecos de tiempos pasados.

En el local de Ernie hace años que sólo paran esa clase de tipos que vuelve a casa desde el trabajo, arrastrando los pies como si llevase en ellos el suficiente cemento para convertirse en coral y adornar el lecho del rio. El último tipo que vimos así, estuvo pasando todas las noches durante tres semanas seguidas y dejó el taburete petrificado. Era un tipo áspero, seco y cuya frase más larga estuvo compuesta de dos síes, un no, un balazo a quemarropa y quince incómodos silencios.


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sábado, 1 de diciembre de 2007

Escenas de riesgo

¡Joder, muchacho! La mayoría de los tipos que ves por aquí bucean a diario entre la mugre de la sociedad. Algunos ni tan siquiera recuerdan cuando fue la última vez que sonrieron sin estar en una rueda de reconocimiento. Al eligió aquella noche para confesarse conmigo y estaba inusualmente hablador. Son, muchacho, los tipos como estos los que doblaban al coyote en las escenas de riesgo, un instante antes de que se rompa la roca al borde del acantilado o la bomba esté a punto de estallar. El director dice ¡Corten! y ponen a uno de los muchachos. Luego todo vuela por los aires. Al se reía al imaginar la escena.

En ese lado sórdido y ruín es donde ciertas personas se sienten como en casa y Dick Bandy era uno de ellos. El bueno de Dick malvivía con trabajos esporádicos hasta que Ernie lo contrató para que limpiase las mesas después de cada pelea. Al me dijo que tenían un acuerdo, que el jefe se quedaba con el plomo y las armas de las refriegas y Bandy, a cambio, vendía al peso el marfil de los dientes rotos.

Era un tipo sencillo, que llevaba el dinero justo para dejar a deber la última copa, el taxi hasta el cementerio y las tres paladas postreras del enterrador. Supongo que hay personas que no superan la muerte de su hamster y Dick, ¡maldita sea!, no pudo continuar sintiendo el peso de un billete de veinte púlcramente doblado en el bolsillo de su pantalón. La última vez que lo vimos corría el año 83. Un mafioso de Ohio encontró a su delator en el bar del Savoy y Dick Bandy tuvo que hacer un viaje extra al perista. Después, desapareció.

El detective Fuller nos visitó un tiempo después con esa clase de noticias que deseas que no abandonen la morgue y una foto de Dick Bandy irreconocible bajo el flexo blanco del forense. Fuller le confesó a Ernie Loquasto que había aparecido una semana antes en el Potomac y que, para identificarlo, sólo habían tenido que seguir el rastro de los dientes que encontraron en sus bolsillos, hasta la puerta del local.

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lunes, 19 de noviembre de 2007

Cortesías navideñas

El Savoy es uno de esos sitios donde la Navidad pasa desapercibida, como un tachón en la lista de chimeneas a visitar por Santa Claus. Los muchachos lo saben y por eso no le echan nada en cara al viejo gordinflón si, en vez de recibir una tableta de turrón rancia, la suerte les premia con la pedrea de un balazo a quemarropa.

La última Navidad que disfrutamos como tal, fue la del 79. Recuerdo a un joven llamado Enrico Lambreta que, vestido de Papá Noel, se paseaba entre las mesas dejando regalos a los muchachos. Lambreta había llegado hacía apenas año y medio a la ciudad, procedente de Calabria y era un tipo impulsivo, que reía como si tuviese ataques de tos y en cuyas manos una caricia tenía mal cobijo. ¡Diablos, muchacho!, se notaba en su cara el aire seco y frío de las tristes mañanas de Calabria.

En aquel año y poco, Enrico había prosperado, se había hecho un hueco en la familia y había podido dar un par de buenos golpes. Cosas hechas, sin un muerto de más, decía cuando se le preguntaba. Lo cierto es que cualquier habría matado por estar en el lugar de Lambreta aquel par de noches, en que se llevó a casa un par de sacas de banco repletas de esfinges de presidentes muertos.

Aquella Nochebuena se puso barba y peluca canos, se metió un almohadón en los pantalones y se ciñó un traje rojo que apestaba a naftalina y Jack Daniel's. ¡Dios Santo muchacho!, nadie habría estado más fuera de lugar que ese Santa Claus ni si le hubiese disparado a las palomas que adornan la fachada de la comisaría. Le pidió a Ernie que pusiese música acorde al momento y se paseó entre las mesas tirando de un saco de terciopelo rojo. Se creía Robin Hood convirtiendo presidentes muertos en regalos, comentó al día siguiente Chester Newman, en su columna del Clarion, junto a la esquela de Labreta y la noticia del óbito en la sección de sucesos.

El viejo Chester afirmaba en la columna que Lambreta depositó confiadamente una caja en la mesa de Rolstof, un ganster ruso violento como un pedo en un coro que, sin mediar palabra, le descerrajó el cargador de su Beretta y se sentó a terminar el cigarrillo. El mundo se hizo silencio, alguna corista lloraba y Rolstof seguía mirando, impertérrito el escenario donde hasta un instante Terry Shelton trataba de no atragantarse con la letra de una canción de Navidad.

Al detective Fuller le confesó bajo coacción, que le había parecido una falta de respeto regalarle una cruz de latón a un judio confeso como él. Las doce balas siguientes las consideró una cortesía navideña.


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viernes, 31 de agosto de 2007

Las gemelas Sanders

Estaba con Al la noche que a las 3 de la madrugada dispararon a Lorraine Webster en el Shorts. Al principio, se dijo que pudo ser un piropo finalmente el forense dictaminó en la autopsia que era un proyectil del nueve largo.

Lo cierto es que no estaba con Al realmente, nos separaban un mal tabique y los jadeos de Sandra y Norma Sanders. No podría jurar ante la biblia si estuve con Sandra o Norma, pero lo que si te puedo jurar muchacho es que jamás vi tanta humedad en un boca y tanto amor en una vagina.

El problema de las gemelas es que eran de esa clase de mujeres a las que entre polvo y polvo les pides que te bajen la basura porque si hablan lo más probable es que te jodan la próxima erección.

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Escrito por: El guaje


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lunes, 16 de julio de 2007

Cambio de aires

Cuando llegué a la barra mi cara tenía 4 horas y 8 copas y media más.

Al se acercó y me dijo: Muchacho tienes la misma cara que el bueno de Sony "Sweet" Sullivan el día que Sony Liston le retiró en el 62, el pobre quedó tan sonado que aún hizo 23 combates más.

He tenido que dejar el trabajo -le contesté-, no te voy a engañar Al, prefiero un sitio donde no tener que dar las gracias cada vez que utilizo la escobilla para limpiar los restos del jefe al defecar.

Ernie, siempre atento, a las conversaciones "familiares" dió su opinión: "La relación entre jefe y empleado siempre es dificil muchacho, más de una vez, el espejo me ha hecho un piquete informativo y he tenido que decretar el cierre patronal en el Savoy".

El sueldo -les dije- no era muy bueno, pero maldita sea, el seguro no estaba mal, no podía permitirme un médico pero al menos me permitia comprarme un calibre 9, una bala y una buena botella de un mal Whisky.

Al me advirtió que una vez había oido al cronista del Clarion Chester Newman que en esta ciudad dejar un trabajo no era un lujo, era un pecado. Aunque para un tipo como tú un trabajo no es un lujo, es un milagro.

Lo cierto es que estaba barajando seriamente la posibilidad de venderlo todo y con el dinero que sacara alquilar algún taburete con vistas y todo el Whisky que pudiera beber, pero Ernie me echó para atrás: Chico la esperanza de vida en estos taburetes no es alta y no es un problema de cirrosis ni de cancer de garganta, es un problema con el plomo, que como bien sabes, suele volar con cierta asiduidad entre estas paredes bien entrada la noche.


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Escrito por: El guaje


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